
El inicio del curso implica cambios de horario, nuevas exigencias, separaciones y reencuentros. Es habitual que algunos niños estén más nerviosos, duerman peor o se muestren irritables durante los primeros días.
Estas reacciones suelen disminuir a medida que recuperan la rutina y comprueban que pueden afrontar la situación.
Manifestaciones frecuentes
La ansiedad infantil no siempre se expresa con palabras. Puede aparecer como dolor de barriga o cabeza, llanto, enfado, dificultad para dormir, necesidad de permanecer cerca de los padres o negativa a preparar el material escolar.
En los adolescentes puede observarse también aislamiento, discusiones, preocupación por el rendimiento o temor a la aceptación social.
Cómo pueden ayudar las familias
Anticipar los cambios y recuperar gradualmente los horarios ofrece seguridad. Es importante escuchar sin minimizar, pero también sin confirmar la idea de que el colegio es peligroso o imposible de afrontar.
En lugar de prometer “no pasará nada”, podemos decir: “Puede que haya momentos difíciles y buscaremos la manera de ayudarte”.
Mantener la asistencia suele ser importante. Permitir ausencias repetidas como única respuesta a la ansiedad puede aliviar a corto plazo, pero reforzar el miedo. La decisión debe adaptarse a cada caso y coordinarse con el centro cuando sea necesario.
Cuándo consultar
Conviene valorar ayuda profesional si el malestar:
- es muy intenso o aumenta con el paso de los días;
- se mantiene más allá del periodo inicial de adaptación;
- provoca ausencias o rechazo persistente;
- se acompaña de síntomas físicos frecuentes;
- afecta de forma clara al sueño, la alimentación o la vida familiar;
- puede estar relacionado con dificultades académicas, acoso o problemas de relación.
Comprender la causa es fundamental. No todas las negativas a ir al colegio responden al mismo problema y la intervención debe adaptarse a la necesidad concreta del niño o adolescente.



